4 junio 2021

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COLUMNA/ Desde Huatusco – Las Cartas

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ROBERTO GARCÍA JUSTO

LAS CARTAS


Como ejemplo para las nuevas generaciones, transcribo una carta escrita a mano y que es una narrativa realizada por una persona de la provincia, por lo tanto, espero que le pongan atención ya que ésta costumbre se ha perdido. “Mi querida comadre Hermes: me alegraré mucho que al recibo de la presente, te halles sin novedad, en unión de mi compadre Cástulo y de tus apreciables muchachas que mi esposo y yo, a Dios gracias estamos bien. Con los vaqueros del tío Dimas te escribí dos cartas, que como no he recibido respuesta, supongo que no han llegado a tu poder.

Te doy la triste nueva de que “El gachupín” se murió de moquillo. No más le escurría la nariz, se fue secando poco a poco y una tos necia se lo llevó. Le he llorado como si fuera mi hijo, pues no se me olvidan los buenos servicios y que era un recuerdo tuyo y ahora estamos sin perro, y tanto que lo necesito para que cuide la casa. Poco antes de morir lo regañé mucho, figúrate comadre, una noche nos visitó el gallinero un tlacuache de los meros mañosos. No fue mucho lo que se comió, solo se chupó quince huevos y se llevó el pollo japonés que me regalaste en mi última estancia en Santa Lucínda.

Por todo eso maltraté al “gachupin” y parece que de tristeza se consumió más pronto. Como verás, yo tuve razón, pues pensé que el perro debió ponerme sobre aviso para salir y matar al tlacuache; pero no fue así, era que ya estaba muy enfermo; que me perdone si en algo le falté y que Dios lo cuide. Ahora te escribo aprovechando que aquí está Pasita Castaños, ella pondrá en tus manos esta carta de la que ahora si espero respuesta. Pasita es buen conducto y no dudo te la entregará.

Te aviso que la cosecha de maíz fue buena, a Dios gracias tendré para criar gallinas, con tal que el tlacuache ladrón no me siga visitando. A como llevó a cabo su fechoría, se comprende a las claras que se trata de un tlacuache muy experimentado en hacer daño. El ajonjolí se perdió, el chile gordo salió vano; el pipián se lo comió el zorrillo, y en cuanto al jitomate es abundante, pero se está pudriendo en las matas, porque su precio no costea ni el corte y los compradores no lo quieren ni regalado.

Hay algo de Jamaica, en fin, no nos quejamos, el año no ha sido del todo malo. Las personas del Chicharral, cual más cual menos, se han comprado sus trapitos y hay que verlas domingo a domingo estrenado que es un gusto. Reina la alegría en la congregación, y no faltan los bailes. A menudo me acuerdo de cuando tú conociste a mi compadre Cástulo, en un baile y era mi novio aquel Filemón que tan mal pago me dio.

Ahora, con el favor de Dios, El Chicharral cuenta con buenos músicos y buenos cantadores, aquellos hacen llorar el arpa, y estos rivalizan en sus timbres de plata, con el clarín de nuestros montes; por desgracia, no todo es bueno en estas bullas, que a veces hay desafíos por causa, quién había de creerlo, de las mujeres; lo mismo, lo mismo que en nuestros tiempos. A últimas fechas, cosa mala que yo repruebo de todo corazón, se volaron del baile hasta media docena de muchachas de las mejorcitas del rancho. En total fueron seis pares de palomos los que volaron, allá ellos, creo que habrán pensado en los refranes que dice: al mal paso darle prisa y el que se quema que se sople y…a volar pajaritos.

Se me olvidaba rogarte que prendas a la Virgen de la Candelaria, aunque sea un cabito de vela y le pidas que no vuelva por aquí ese malvado tlacuache que se comió tantos huevos y me robó el pollo japonés en quién tenía puestas mis esperanzas. Te saluda tu compadre Máximo, saluda a mi compadre Cástulo, a tus hijitas y resérvate la estimación de tu comadre Meregilda.” (Tomado de la novela “Un tlacuache Vagabundo”, cuyo autor es el profesor Martín Cortina Carvajal, originario de San Martín Tlacotepec de Mejía)