11 junio 2021

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COLUMNA/ Desde Huatusco – Mateo el voceador

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ROBERTO GARCÍA JUSTO

MATEO EL VOCEADOR


De las mujeres que son testigos invaluables de la crónica en esta localidad, podemos citar a las maestras Delia y Angelina Sedas. Involucradas en los hechos relevantes de fines del siglo pasado, han marcado los pasos precisos que hacen volver a recordar a hombres y damas que representaban a una generación comprometida con el progreso económico, político y social. Por ese motivo es digno de mención el trabajo de investigación a la que se entregaron en beneficio de los lectores ávidos de información.

Retomamos su historia para hacerla nota, sin tergiversar el fondo y reconociendo el crédito. Cuando ella tenía seis años de edad, durante los cinco que fue expósita de sus parientes, conoció a Mateo: “desde el primer día su presencia me afectó, porque físicamente era de una pequeñez desmesurada, de tez morena, con cicatrices que lo dejaron cacarizo, las cuencas de los ojos hundidas y los parpados siempre en movimiento, como si así fijara las imágenes en su mente.”

Todas las mañanas después de asearse, acomodar su cama y ordenaba sus escasas pertenencias. Se sentaba en su lugar favorito, a un lado de la puerta en un banco rustico donde descansaba, luego se ponía de pie para cruzar el enlosado, en el patio del jardín tomaba el sol. A corta distancia contemplaba su rostro, sus manos y su piel, era todo sensibilidad. Me embargaba una extraña sensación tranquilizadora cuando sentía mi presencia y con voz suave me llamaba por mi nombre.

Huérfano y sobreviviente de la viruela negra, mi abuela lo recogió y curó las heridas, luego lo enseñó a trabajar. Era un ser productivo, siempre estaba dispuesto a rajar leña, arreglar la troja donde se guardaban las semillas, enseguida barría la banqueta el patio y la calle al que limpiaba de hierbas que crecían en el empedrado. Todos admirábamos su labor y la abuela en señal de recompensa le daba una palmada en la espalda y le decía: ¡ciego cabrón, tu sí que nos pones el ejemplo.¡

Ocupaba un lugar en la casa para dormir y guardar sus pertenencias, puntualmente le daban sus alimentos. Se le asignó un jarrito, un tazón y un plato especialmente para él. En muchas ocasiones escuchaba los consejos que le daban y aceptaba humildemente los regaños. Con la ayuda de don Antonio Suarez se empleó como repartidor de periódicos y revistas que llegaban a la región. Pronto aprendió la ruta y por su inteligencia y buena voluntad, recibió felicitaciones de la empresa periodística que lo consideraron un destacado vendedor.

Yo le contaba mis travesuras y actividades de la escuela, a cambio el me prestaba los diarios y cuando había algo relevante los leía en voz alta para que las escuchara. Mis favoritos desde el primer momento fueron: México al Día, Mingón, Jueves de Excélsior, La Prensa y el Nacional. Las reseñas y las fotos bien logradas me transportaban a otros lugares y disfrutaba de episodios luminosos que se impregnaba en mi mente.

Una ocasión me quedé paralizada al ver que Mateo estaba sentado en la banqueta, los pies descalzos, empapado por el agua que caía a chorros por el volado del techo. A un lado las noticias regadas, mojadas y deshaciéndose. Solté el llanto, mi tía me dijo: no es la primera vez que lo hace desde que se dedicó a embriagarse. Ya no lo consideré igual, lo miraba con recelo, su semblante reflejaba inquietud. Se escondía por días en las fincas, se enojaba y la abuela lo regañaba y permanecía mudo.

La soledad, la angustia y la decepción lo llevaron a un abismo que tocó fondo. La mano piadosa de la familia lo recogió inconsciente, sucio y lleno de gusanos. Lo bañaron y desinfectaron con creolina, se recuperó, pero ya no fue el mismo. Me acerque a saludarlo no escuchó mis palabras, se notó insensible, sin movimientos. Al poco tiempo murió, así como había llegado: solo, silencioso, contaminado y deshecho.

He notado que existen personas que son referentes necesarios que hicieron posible las relaciones sociales en esta ciudad. Mateo fue uno de ellos y adoptó su papel de voceador, lo que le dio la oportunidad que muchos parroquianos lo trataran y conocieran. Así como él hay otros que dejaron una huella en los bagajes de la historia. Es nuestro deber rescatarlos para darles el espacio como un reconocimiento a sus humildes méritos.