8 junio 2021

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COLUMNA/ Desde Huatusco – Mi pueblo

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ROBERTO GARCÍA JUSTO

MI PUEBLO

En una entrevista con una persona que emigró hace ya muchos años, a los Estados Unidos de Norteamérica, en busca del sueño americano, a su regreso, logramos sacarle algunos sentimientos que traía en el fondo de su corazón. Ahí la dejo para que la juzguen y saquen conclusiones. Ya trastocada por la pluma que porto en la mano.

Lo mismo que muchos que nacimos aquí, me fui al otro lado de la frontera norte con la ilusión de encontrar trabajo, juntar dinero y formar un pequeño patrimonio. Ya tenía mucho tiempo que no me daba por volver, sin embargo, el ansia de pisar mi tierra hizo que me animara a regresar. Lo hice pensando en las calles empedradas que con la lluvia se ponían brillosas y en medio corría el agua para desembocar en la barranca que empieza en la calle cinco. Los truenos y los relámpagos estremecían las casas de teja o tejamanil.

Volver al pasado es emocionante, recuerdo que de niño recorría la Alameda Chicuellar con sus árboles grandes de nogal y bancas de cemento alrededor. El Parque Zaragoza donde los domingos paseábamos en compañía de mis amigos, disfrutando los mantecados, dulces de coco, naranja o jamoncillo. Crecí admirando la cascada de Tenexamaxa, los tres chorros donde estaba la planta de luz eléctrica. Luego me trepaba al cerrito de Guadalupe para desde arriba, admirar la ciudad, es un espectáculo mirar desde allá el templo de San Antonio y la torre de Santa Cecilia.

Fui de los que se iban de pinta a la hora de la escuela para echarse un chapuzón en la poza de Citlalcuatla. Las horas que pasábamos se iban rápido, la felicidad invadía a los que nadábamos de muertito, o buceábamos con la nariz apretada por los dedos. Muchas anécdotas surgieron de la imaginación juvenil que ahí se congregaba. Una de ellas se refiere a las correteadas que nos daban los policías, al que agarraban lo llevaban a la inspección para entregarlo a los padres. Nadie escapaba de la regañada o el castigo por andar de vago sin permiso.

Cuando me bajé del autobús, todo encontré cambiado, el caserío no era el mismo, las construcciones de edificios superaban lo que imaginaba. Para abreviar mi estancia, salí en busca de mis antiguos amigos, unos ya no vivían aquí, otros estaban en el panteón, por lo que, nadie da razón de ellos. Me entró la nostalgia por volver al pasado, se me figuraba como Nicasio me ofrecía sus envinados, a Leonchi Serna con su bocina anunciando las películas del Solleiiro. A Fernando Espejo tocando su clarinete.

Eso sí, me llevé una sorpresa al ver las avenidas rectas, llenas de letreros con nombre de hoteles, tiendas, cafeterías y restaurantes. Y aun así, se respira ese airecillo tierno de provincia, como si estuviera en una de esas fiestas llena de colorido, emoción y movimiento. En donde el comentario se saborea mejor con un trago de aguardiente con el compañero ocasional. Quizás lo más sobresaliente es haberme llenado de placer con un rico plato de tlatonile y una pierna de pollo, en la fonda del mercado.

Hubiera querido admirar el humo que en la mañana salía de los tejados y se elevaba hacia un cielo lejano e impredecible. Quise saborear ese aromático café que se preparaba en una olla ennegrecida por las llamas de la leña. Me conformé recorriendo los viejos caminos que llevan a la cuchilla, a Ixpila, Xocotla y a otros lugares más. Donde los turistas no han descubierto la hermosura de los paisajes. Que no se han llenado de bolsas de plástico, basura y latas de refresco, con ese aspecto ocasiona lástima.

En un acto de completa euforia me atrevo a expresar con toda mi alma: ¡tierra de mis amores, que bonita eres ¡¡¡. Pronto me voy a regresar con la esperanza de que mis paisanos te prodiguen cuidado y valoren tu riqueza, mis ojos se llenan de lágrimas y con profundo sentimiento les pido que te cuiden como una joya, porque aquí se guarda el calor de los campos, de los arroyos, los cerros y la gente. Y que dentro de mil años, sigan conservando ese sabor inigualable de naranjos, jinicuiles, flor de izotes, aguacates y cafetales, que serena el alma y apacigua los odios, llenando de nobles sentimientos del futuro que se avecina.