19 diciembre 2020

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Desde Huatusco

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ROBERTO GARCÍA JUSTO. 

ARRIERO SOMOS… 

Los conquistadores de la Nueva España no llegaron solos, después de adueñarse del territorio Azteca comenzaron a poblar las ciudades con instrumentos de trabajo traídos de su País. Los grandes barcos no solo transportaban ambiciones, también venían repletos de caballos, mulas y asnos, para poder someter a las comunidades más apartadas del territorio. Al principio los naturales los miraron con miedo, debido a que eran especímenes desconocidos para ellos y pensaban que eran una misma pieza, cabalgadura y el jinete. 

El temor se fue haciendo menos por el acercamiento que se dio entre los dos mundos que se unieron para diseñar una nueva convivencia. A partir del siglo XVI ya se contaba con una estructura fuerte y bien organizada para trasladar mercancías y personas de la capital hacía las provincias con creciente desarrollo económico. Esto favoreció a los indígenas debido a que terminaron las penurias de tamemes y cargadores que hacían el trabajo de las bestias. Una actividad muy usual durante la época prehispánica. 

En el año de 1536 el gallego, Sebastián de Aparicio diseño la primera carreta que amarró a un par de mulas para circular por las calzadas de lo que fue la gran Tenochtitlán. Su radio de acción se fue extendiendo en vías utilizadas por los aztecas durante muchos años. Siendo el pionero en transitar por el camino que conduce de México a Veracruz, pasando por Puebla y Xalapa.  Quedando disponible para que se incorporaran permanentemente recuas guiadas por arrieros.    

No estuvimos al margen de esta modalidad de la que se apropiaron ciudadanos expertos y conocedores de las veredas que movían la economía del ex cantón huatusqueño. La salida natural estaba enfocada hacía Coscomatepec. Era la arteria más concurrida por la gente que tenía que atravesar por las barrancas del Jamapa, sufriendo por lo intrincado de la zona, se recorrían las cinco leguas en seis horas aproximadamente. Durante el porfiriato, los arrieros que prestaban el servicio de transporte terrestre estaban identificados con los tramos que diariamente transitaban. 

Su arribo a esta ciudad era como a las tres o cuatro de la tarde, los animales cansados y destilando sudor por todo el cuerpo, esperaban a que sus dueños descargaran la mercancía sobre la avenida Uno. Cajas y costales repletos de todo tipo de material eran introducidos en las espaciosas tiendas donde vendían de todo. Para los gustos del cliente se despachaba vinos importados, telas de fina calidad, zapatos de moda, perfumes, ropa para dama y caballero, así como, aperos de labranza, hasta lo menos buscado ahí se encontraba.     

Todavía bufando y sacudiendo la cabeza los arrieros amarraban sus acémilas en los barrotes que cubrían las ventanas, les aflojaban la cincha para que descansaran y de inmediato trasladarlos al pesebre para proporcionarles alimento y agua. La falta de una rúa de comunicación bien trazada y con el debido mantenimiento en la época de lluvias, no impedía el surtimiento de productos necesarios para la sociedad, inclusive a esa hora los lectores se apersonaban para preguntar por diarios o revistas con el fin de adquirirlas. 

El personaje más rápido de los caminos era don Silvino, su empleo se lo debía a la oficina de Correo y se encargaba de transportar la valija. Por pertenecer a la burocracia federal, sus viajes cotidianos eran de mucho respeto, casi intocable. Por ese motivo los habitantes de esta localidad lo tenían como confiable, honesto y sobre todo muy veloz para recorrer el tramo respectivo. Al paso de los años, todo cambió y ahora se viaja en cómodos autobuses sobre impresionantes carreteras.   

Foto Ilustrativa

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