30 diciembre 2020

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ROBERTO GARCÍA JUSTO.

EL ABUELO.


Es un personaje que, con sus canas blancas en torno de su cabeza, demuestra respeto, y por muchas razones, es el símbolo de la edad, de la experiencia y el conocimiento acumulado por los años vividos. Es en esta etapa dulce y generosa, donde los músculos comienzan descender por los caminos escabrosos del anochecer. Una conjugación que se hace clara con la mirada hacia un pasado que no deja de estremecer por cuestiones especiales y realidades compatibles.

Todas las especies del mundo tienen su tronco original, nosotros no podemos ni debemos despreciar esta consigna, porque donde quiera que estemos y en cualquier etapa de la civilización, los motores del pensamiento se encienden para apreciar con orgullo lo que nos dio la naturaleza que es lo más importante de la raza y que corre por las venas, sin que se interpongan ningún obstáculo surgido de los umbrales de las galaxias.

Con el talento dibujado en sus ojos cada vez que la oímos platicar a la Maestra Angelina Sedas Acosta, nos habla de una forma especial de sus conocimientos sobre esta figura central de la familia. “Sin comprender el privilegio que se me daba, fui descubriendo que la familia a la cual yo pertenecía era especial. La abuela era reclamada por sus conocimientos empíricos en medicina, por su valor y entrega, por su honestidad y su probidad.

La tía era apreciada por su alegría, sus habilidades, conocimientos, previsiones y pertenencias con cuantos la requerían. El abuelo era todo un señor a quien saludaban, frecuentaban y respetaban, él solía salir de cacería, fundía estaño y cobre, preparaba soldadura y limpiaba toda clase de armas. Su pasatiempo era leer a diario los periódicos, pasear con sus perros o rodearse de los chicos para contar historias de su país y de sus andanzas en Europa, en Argentina, Brasil y en México.

Yo era su consentida, siempre me guardaba golosinas, frutas o panes para cuando llegaba de la escuela. Cuando empecé a crecer fui su compañera de paseo, por la tarde me esperaba para salir. Nuestras caminatas terminaban en la alameda, ahí se sentaba a descansar en una banca y gozaba viendo como zarabuteaba en el pasto. El abuelo tenía setenta y ocho años, su piel, en otro tiempo muy blanca, mostraba el paso de los años, viéndose transparente, rugosa y con manchas. Su pelo escaseaba en la frente por su enfermedad.

Tenía profundas cicatrices producto de heridas que no se atendieron y continuamente mostraban infecciones en toda su cabeza, la cual siempre traía cubierta con un pañuelo y un sombrero. Sus ojos de un azul hermoso en otro tiempo estaban irritados y cubiertos por una membrana blanca que los opacaba. Sin embargo, la sonrisa que me prodigaba cuando estaba cerca de él, era dulce, tierna, llena de paternal afecto.

En algunas ocasiones compraba un cordero, era mi compañero de juego, lo llevábamos a pastar y lo veíamos crecer y después para que yo no sufriera lo vendía y adquiría otro. A veces sacábamos los perros de caza o llevábamos un cabrito, siempre había una mascota con quien jugar y pasear. La persona sabia, comprensiva, indulgente y protectora que era el abuelo me daba seguridad y paz. Un oasis detrás del desierto árido en que vivía mi alma sin padres ni hogar.” Así era Menotti Griego. No habiendo otro comentario que añadir a este corto relato tan real y verdadero, se los dejo para que lo disfruten.

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