15 marzo 2020

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Desde Huatusco

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ROBERTO GARCÍA JUSTO.

GUERRA CONTRA EL VIRUS FATAL.

En la historia del planeta tierra está documentado que lo compartimos con misteriosos y diminutos microorganismos, que se clasifican en benévolos y malévolos; integrantes de una cadena misteriosa y sorprendente como la ley de la contradicción. La mayoría son de utilidad para que los individuos adquieran autodefensas, pero hay otros que son letales y mortíferos, cuando se desarrollan sin ser detectados a tiempo, ocasionan severos daños a la población.    

Cada día se descubren nuevas bacterias cuando ya están ocasionando efectos por la gravedad de su contagio. Esto ha sucedido a través de los siglos, el combate a este flagelo, podemos afirmar que comenzó en el año 1632 cuando nació en Delft, Holanda, Antonio Van Leeuwenhoek, un humilde artesano que, a base de tenacidad, fabricó el lente de aumento capaz de hurgar en las células más diminutas a través de lo que es hoy el microscopio. 

En 1736, México se estremeció por una epidemia que se extendió por la comarca de lo que fue el Señorío de Cuauhtochco. Crónicas de aquella época reseñan que “el mal era una fiebre maligna, igual a la que en tiempos anteriores había devastado a la colonia, cebándose de preferencia en la raza india. Un fuerte calosfrío anunciaba la invasión del mal, seguido de un ardor incesante que devoraba las entrañas y agudos dolores de cabeza.”

“La respiración se volvía difícil y fatigosa y los ojos se ponían brillantes y enrojecidos; la mayor parte de los apestados sufrían copioso flujo de sangre por las narices hasta que, dos días sin ser posible restañarlo, y los atacaba violento delirio que impidiéndolos a cometer locuras era preciso para mantenerlos quieto, de atadoras o cepos. Los indios llamaron a la enfermedad matlazahuatl.”    

Lazzaro Spallinzani (1729-1799) “biólogo de biólogos” italiano, descubrió que los organismos son transportados por el aire. El francés Louis Pasteur en base a sus investigaciones creó la vacuna contra la rabia, demostrando la teoría de los genes. Roberto Koch de origen alemán, premio Novel de medicina 1905, fundador de la bacteriología, logró identificar el bacilo del cólera y la tuberculosis. Emilio Roux y Emilio Behrig aportaron la fórmula para curar la difteria.

A Elis Metchnikoff se considera el padre de la inmunidad por ser el que reveló la existencia de la fagocitosis, una función de las células capaz de contener gérmenes extraños para combatir infecciones, es la primera defensa natural del cuerpo. El estadounidense Teobaldo Smith pionero de la patología y epidemiología, en 1890 fue exitoso al demostrar que algunos tipos de garrapata transmitían la muerte a los animales que adquirían este parasito. David Bruce, de Australia, investigó el origen de varias enfermedades tropicales y a la mosca tse-tsé portadora del mal del sueño.    

En el universo que nos rodea, los científicos se aplican apoyados por gobiernos y empresas dedicadas a la elaboración de medicamentos. Pero es sustancial hacer una referencia a los que dedican o dedicaron su vida a proporcionar los elementos básicos para proteger la salud. Como Walter Reed quién aportó los conocimientos de que a través de un mosquito se transmite la fiebre amarilla.

“Tenemos que aprender a matar microbios con balas mágicas que al dispararlas peguen a la enfermedad y no al paciente”, expresó el Polaco Paul Ehrlich premio Novel de medicina en 1908 y quién, procreó la arsfenamina, medicamento básico en el tratamiento para combatir la sífilis en el año de 1888. También proporcionó la combinación de los antibióticos idóneos para la aplicación de la quimioterapia. Faltan muchos dispersos en los cinco continentes, envío a todos ellos mí admiración y respeto.