13 octubre 2021

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HUELLAS DE COLOR

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Hay huellas en México que no se siguen, que no se siguen porque no se quiere. A esos casos pertenece la legión afromexicana, una raza que se mantiene lejos de la mirada clásica, de la agenda pública, de los grupos vulnerables

Hugo de la Cruz Sánchez y Enrique Zamora Díaz /Entorno Noticias

De dónde vengo

Ninfa esperaba a alguien que no sabía quién era, o al menos su respuesta. Lo hacía sentada en el corredor de su casa donde corta las hojas de árbol de plátano para los tamales que su madre vende todos los días cuando el sol cae y el aire apenas refresca en Mata Clara.


En esa provincia veracruzana huele a café de olla, a tierra mojada, a tortillas a mano. Así se respira desde siempre en un pueblo que no conoce ni quiere romper las tradiciones que les han heredado a sus ancestros.


Ninfa lleva el apellido Abeso desde su nacimiento, el 22 de junio de 2010, una semana antes de que Rubén, su padre, uno de esos trabajadores del ingenio cañero de Potrero, viajara a los Estados Unidos para no regresar. No ha vuelto, ni volverá.


Delgada y sincera, aplicada para el estudio y feliz cada que baila. Una que otra vez Ninfa se suelta el cabello por completo, aunque su rizado no le permite estar esponjado todo el día por el agobiante calor de una zona que durante el día alcanza los 42 grados y por las noches baja a 36 en verano.


Ella usa sandalias cada que llega de la escuela y hasta que se va al colegio al otro día, quizá sus pies se lo agradecen en medio de esta cálida tierra. Dicharachera como casi todos los niños de Mata Clara, una comunidad enclavada en la humedad de los cañales llanos del municipio de Cuitláhuac, en Veracruz. Ahí donde hay nidos de hormiga negra por donde quiera, rodeados de hierba verde que parece no acabarse y que uno que otro pisa y pisa para crear veredas que enlazan las pequeñas casas de la zona, es que así se camina en Mata Clara, ahí donde sus viejos paredones también sostienen lamentos de esclavitud.


Ninfa tiene una duda. Una tarea escolar la encausó, desde hace menos de un año, a tratar de rebuscar en sus orígenes: su apellido y su color de piel.


–¿De dónde dices que viene el apellido Abeso?–, le pregunta la niña a Mercedes, la mujer que es su madre y que desde muy temprano prepara el nixtamal, las salsas y la carne de los tamales que sale a vender por las calles de su pueblo en una carretilla que Rubén dejó entre sus herramientas. –De Las Antillas, o de por ahí–. Mercedes sólo ríe.


Hay huellas en México que no se siguen, que no se siguen porque no se quiere. A esos casos pertenece la legión afromexicana, grupos de comunidades repartidos principalmente en Veracruz, Oaxaca y Guerrero. Conjuntos de una raza que se mantiene lejos de la mirada clásica, de la agenda pública, de los grupos vulnerables.


Contar la historia de los negros en México había sido parte del silencio, del olvido y del escenario que se veía, pero no brillaba en la mente de nadie; no es un asunto trillado, pero sí cada vez más conocido: miles de esclavos robados de África llegaron encadenados al país hace dos siglos. Se trata de personajes invisibles de la nación mexicana, personajes que siguen en busca de sus antepasados como forma de justicia, en busca de las huellas de color que ya no les apena, al contrario, les sincera con los curiosos que preguntan aún por el tono de su piel.


Hay como 1000 familias con el apellido Abeso en Las Antillas. Eso fue lo Ninfa y Mercedes encontraron cuando buscaron en Google su apellido. –¡Paaasumecha!–, le dijo la niña impresionada a su madre cuando ésta le cuestionó si quería escribir 1000 cartas a cada una de las familias en el Caribe para saber si alguna tenía cruce familiar aunque de memoria.


Mercedes cuenta que Rubén, el hombre que conoció cuando trabajaba siendo repartidor de agua en Cuitláhuac, Las Mesillas y Mata Clara, una demarcación llena de familias de descendencia africana, le contó alguna vez que su bisabuelo era hijo de emigrantes africanos que habían llegado primero a Las Antillas y de ahí a México.


Alto y de piel oscura, más oscura que la de cualquier otro habitante de esa región, Rubén era apodado “El Barry”, Mercedes no recuerda específicamente porqué.
–Pero seguro por negro–, dice.


Ella es originaria de Cuitláhuac, morena mestiza, como se dice ser, procreó junto con Rubén a su única hija y de ahí se mudaron muy jóvenes a Mata Clara, lugar en el que vivía con sus suegros hasta antes de la muerte de ambos. Pero el delirio de los niños es grande y afable, y a veces eso no puede evitarse.


Ninfa ha escuchado las historias que su madre le cuenta sobre sus orígenes africanos y quiere saber todo lo que esté relacionado con eso. Aunque no posee mucha información, la mujer sabe que el bisabuelo de Rubén se llamó Lorenzo Abeso, y eso mismo le ha hecho creer a Ninfa que puede encontrar familia fuera de México, aunque su referencia sea el apellido y sus herramientas una vieja computadora y una conexión a internet bastante limitada.


–Todas decían lo mismo, pero cada una iba para alguien diferente–, cuenta la niña que escribió 10 cartas a 10 familias asentadas en Las Antillas con su apellido paterno. Viajó a la ciudad de Córdoba y encaminó las cartas desde una oficina postal a mar abierto. En realidad, no sabe ni cuándo ni cuánto tiempo tardarán en ser entregas, mucho menos contestadas.


Apoyadas de la tecnología, Ninfa y Mercedes consiguieron códigos postales, referencias personales y otros datos que ayudaron a que las misivas tuvieran un rumbo concreto.


En siglos pasados, los negros en México fueron exclusivamente traídos al país para realizar labores en los ingenios de azúcar, el arado de los campos, los terrenos de los españoles hacendados en el centro y costa de Veracruz. Su condición cautiva los hizo, incluso, ocupar una posición social inferior a la de los indios, mestizos y criollos, se convirtieron entonces en segregados sociales de un país que, con el paso del tiempo, recrudeció su carácter racista.


Ni la abolición de la esclavitud, promovida según los historiadores por el cura Miguel Hidalgo en tiempos independentistas, ni ningún otro decreto posterior al siglo XIX hicieron cambiar para bien el panorama de la gente de raza negra en México, más bien, el desencanto se agudizó y el desprecio obligó a muchos afromexicanos a relacionarse exclusivamente entre ellos.


Durante los siguientes años, al igual que las personas, las leyes tampoco dieron cuenta de los derechos, las garantías o algo que estableciera a estos grupos raciales en el marco legal de la nación mexicana.


–Yo soy ignorante, pero siempre le digo a Ninfa que no le debe dar pena; ella está más chula que las güeras que van en su salón–, dice Mercedes media molesta al pie de un bracero que siempre tiene comida caliente para los jornaleros de la caña que compran alimento en su vivienda, una casa pintada de azul intenso que contrasta con el verde de su patio, árboles de mango, los limoneros y las palmas de coyol típicas de la zona.


Como histórica y socialmente ha sucedido, Ninfa enfrentó el acoso racial en una escala menor, la de sus compañeros de aula prácticamente desde que ingresó a la escuela primaria Juan Escutia, en Cuitláhuac.


–Memina, así me decían–, cuenta entre risas la pequeña al recordar el apodo que sus compañeros, generalmente hombres, le designaron con relación al personaje negro de la clásica historieta mexicana Memín Pinguín.
–Ya ni me importa–, se desentiende Ninfa mientras recoge sus hombros a modo de indiferencia por ese sobrenombre. Lo que ella no sabe es que el alias es la muestra más propia de un señalamiento categórico para una sociedad acomplejada, separada, dividida entre blancos y negros, y otros menos negros.


En abril de este año (2021) se cumplieron casi seis meses de que las cartas de Ninfa viajaron al Caribe. En el anhelo casi olvidado de la niña, en medio de una eterna espera, uno de esos días Ninfa recibió respuesta. Ella vio cómo un cartero en motocicleta preguntó en su domicilio por el sitio 21 de la zona.


–¡Es aquí, es aquí!–, le gritó como desesperada desde el corredor donde corta la hoja de plátano para los tamales que venderá mamá.
–¿Es una carta?–, insistió emocionada al mensajero que apenas le contestó de forma afirmativa. Mercedes no sabe si el cartero preguntó algo más, solamente le entregó el sobre en la mano a la niña y se marchó.
“Hola Ninfa, soy Eduard Abeso, no escribo muy bien español, pero no tuve un abuelo mío llamado Lorenzo. No sé si algún día viajó a México. Nosotros iremos muy pronto a Estados Unidos. Saludos en México”. (sic)


Ese fue el texto mal traducido que encontró Ninfa como respuesta a su carta, a sus preguntas, a la ruta de sus huellas que no aclararon nada.
Su rostro se alargó de momento, no era lo esperado, pero ella sabe que el que busca encuentra.
–Ya vez que sí te van a responder–, le dijo ese día Mercedes a su hija con unas ganas de llorar que contenía a tragos de saliva y con los ojos vidriosos de saber que era casi un milagro que alguien respondiera lo que parece no tener sentido.
Ninfa espera. Se trata de una pequeña luchadora de sus orígenes, de sus huellas de color que busca, pero aún no encuentra.
Las sigue buscando.


En Mata Clara vive gente adulta en su mayoría, ahí los índices de migración son elevados, principalmente hacia los Estados Unidos. Hombres y mujeres, a veces familias completas emprenden el viaje al norte de México para olvidar lo que su historia les recuerda: la esclavitud que los llevó a ese lugar.


Florentino Flores Castro, reconocido historiador de la zona, reconoce que a poca gente le gusta recordar que sus antepasados llegaron a esas tierras para cumplir con extenuantes jornadas de trabajo, a recibir castigos corporales y malos tratos, a excepción de los días santos y de fiesta, fechas en que la música del carnaval y el danzón les borran la memoria, como gotas de lluvia que se desvanecen entre los campos, entre sus campos que ahogan de un bochorno irresponsable.


Bailan porque la música no sabe de clases.
Bailan los negros y los blancos en la misma pista de la fiesta, sonrientes, enteros, desapercibidos del tono de piel.


Morir por negro

Hacía una semana que se pronosticaba un aumento en el potencial de lluvias que se materializó ese viernes, y a las seis de la tarde ya se había inundado el final de la avenida 8 y los patios de algunas viviendas en Yanga, el “Primer Pueblo Libre de América”, según reza un laminón que da la bienvenida a los automóviles que circulan por la carretera Córdoba-La Tinaja, en Veracruz.


En uno de esos patios las tardes de lluvia ponen nostálgico a Don Ruperto. Está sentado sin mucha presión en un sillón mecedor tejido con lazos fibrosos multicolores, uno de los muchos que adornan las casas de teja y los pisos de tierra en esa región cañera.


Ruperto, de casi 88 años, vive sencillo, silente. De su fuerza y gran humor queda ya muy poco, pero tiene un espíritu fornido que no es propio de estas tierras. Eso es lo que cuenta el hombre casi calvo que usa una gorra prominente al estilo beisbol de las grandes ligas; camisa siempre abierta, huaraches y pantalón remangado hasta el peroné.
Una enfermedad en el páncreas le ha mermado la salud al grado de imposibilitarlo a realizar esfuerzos continuos. Cuenta que trabajó en el ingenio de San Nicolás manejando una máquina trituradora. Esa es su mejor historia.


–Ahí la ventaja era que yo operaba la maquinaria y si se descomponía también le sabía de mecánica; ya le metía yo mano–, dice mientras se acomoda en su sillón, como si la plática se comenzara a poner buena.
En Yanga, y seguramente en casi todo Veracruz, los patios tienen por obligación un corredor donde la gente descansa a tomar la tarde.
La lluvia no cesa, del techo de ese corredor comienza una gotera que evidencia los años sobre las láminas, ya oscuras y carcomidas por la humedad.
–El agua, cuando quiere, es muy mala, muy canija–, advierte Ruperto a sus visitas. –A mi mamacita se la llevó–, sigue relatando mientras baja el tono de voz.
–No nos querían–, narra y levanta uno sus brazos en forma de escuadra para que uno lo vea. –¡Por negros!–, sentencia y se da la razón.


El estado de Veracruz es uno de los más nutridos centros demográficos que concentran personas de raza negra. Punto inevitable de desembarque para el “nuevo mundo”, fue la principal entrada de los conquistadores españoles y puerto de llegada de cientos de esclavos robados a África.


Yanga, a casi seis horas de la Ciudad de México, es reconocido por haberse legitimado un asentamiento libre, el primero de la monarquía allá por 1608.


Andrés Maceda, es cronista, historiador y bibliotecario, hace no mucho también comenzó su gestión como encargado de la Casa de Cultura Yanga. Asegura que la población se liberó tras años de una cruenta y sanguinaria lucha, los esclavos huidos y cimarrones estuvieron liderados por el legendario Ñyanga.


Cuando la población negra se convirtió en una amenaza, varias expediciones españolas se lanzaron contra ellos como castigo. Ñyanga y sus seguidores, sublevados, confiaron a los nativos de tierras cafetaleras y cañeras sus fuerzas de trabajo y, tras años de resistencia, formaron la primera comunidad libre del nuevo continente con la aprobación del virrey, desde luego ellos no lo sabían.


Desde que su abuelo llegó a Yanga de contrabando, Josefina se dedicó a lavar la ropa de decenas de jornaleros de la caña, lo hacía a orillas del río Jamapa, el más caudaloso de esa zona. Lo hacía también por órdenes de su papá, un hombre de cuerpo prominente que presumía sus músculos diciendo que los hombres más fuertes venían de Cabo Verde, de donde era su padre, aunque nunca conoció el lugar más que por relatos.


Siempre sumisa, “Chepina”, como le decían en la familia, fue una mujer de piel negra que muy joven tuvo a su hijo Ruperto; después siguieron cuatro hermanas más.
De joven, a Ruperto sus amigos le decían “Chacala”, –porque era yo negro y porque decían que parecía yo una vieja más entre mis hermanas–. Aunque su apodo nunca le generó mayor conflicto, él acudió a la escuela con muchos niños de su misma condición genética. Fue, pero aprendió poco, apenas a leer y escribir, de matemáticas no sabe ni cuánto es 10 más 10 ni tres más tres. Nada.


–Los hombres no van a la escuela, los hombres van al campo a trabajar–, le decía continuamente su madre con voz baja, como reclamándole, aquella mujer sumisa que también propagaba y compartía las ideas machistas de la época.
Cuando tuvo edad, Ruperto conoció a una chica del poblado de San José de Abajo, luego a otra de Loma de Guadalupe, y así llegó hasta Alvarado y Veracruz puerto conquistando mujeres.
–No, si uno es feo, pero la carne manda–, dice y suelta la carcajada como si aquel recuerdo le llenara de orgullo. Y así es.


Adriana Naveda, es académica del Instituto de Investigaciones Histórico-Sociales de la Universidad Veracruzana, explica que los negros fueron el primer grupo racial de Veracruz, incluso por delante de blancos e indios; una especie de congregación que se convirtió en numerosa y terminó por imponer su poca cultura y modificar las tradiciones.


La especialista cree que la lucha de los descendientes afromexicanos es una realidad que cuesta aceptar, porque hasta el término parece extraño. Yanga y la esclavitud tienen muchas cosas en común, pero casi ninguna; son polos opuestos que se atraen, y se repelen.


La tarde de verano en que Ruperto perdió a su madre, un diluvio le atestiguó el lado más amargo de la vida. –Ni ahora que murió mi mujer me dolió tanto–, dice.


El hospital de Yanga era aún rudimentario por la década de los 70, apenas un doctor tenía cabecera y no había ni medicamentos, mucho menos especialidades.


Ruperto corrió a donde su madre estaba, la cargó como pudo y con una especie de impermeable, de esas capas que usan los jornaleros cuando colocan fertilizante en los hoyos de las tuzas, en medio de la lluvia se la llevó.


Con su madre en brazos, Ruperto caminó durante casi 40 minutos hasta la población de Peñuela. En la estación de tren cercana, un camión se detuvo y lo llevó a un hospital en Córdoba como por compasión.


–No quisieron atenderme, sabes por qué. Por dos cosas, una porque iba todo mojado y enlodado, otra, porque éramos negros; valemos menos, valemos madre–, sostiene empuñando la mano fuerte.
Josefina murió aquel día en los brazos de su hijo, así es la vida de paradójica para un afromexicano, para un Ruperto cualquiera.
–Un día tienes una mamita que te carga y al otro eres tú quien la debe cargar porque se te muere–, cabila con tono suave, resignado, justificante.
Al hombre los doctores le dijeron que su madre había fallecido de un paro cardíaco. No hubo necropsia. Nada.
Ruperto mantiene la teoría de que su mamá pudo haber sobrevivido si la hubiesen ingresado con prisa a la sala. –Yo sentía que respiraba, aquí, aquí–, señala su mentón y frunce el ceño por un recuerdo que le duele profundamente.


Su teoría puede no ser contundente, pero para él, ser negro siempre fue una desventaja, es un trauma que no quiere superar, que se va a llevar a la tumba, cree, muy pronto.
–Los negros nos morimos y ya. Yo estoy acostumbrado, nomás pido que (cuando me muera) me pongan una pelota de beis, mis zapatos y mi vara de rosas en mi cajón. Y punto–.
El silencio.


La lucha de los descendientes afromexicanos es una realidad que cuesta aceptar, porque hasta el término parece extraño. No son invisibles porque físicamente existen, pero lo son cuando el olvido los alcanza, los rebasa, los hunde.

Aún hoy, bajo ese precepto sociológico viven muchas familias en México, desplazados por casi todas las clases sociales y comprendidos apenas en sus más íntimos núcleos.


Se trata de los afromexicanos, los invisibles eternos de un sendero que reniega de aceptación, una ruta que tiene huellas de color que no terminan por comprenderse.